Lunes, 18 Febrero 2013 10:12

EL CALENDARIO ZARAGOZANO

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Tras largo periplo, llegamos al opúsculo titulado “Calendario Zaragozano El Firmamento fundado en 1840 para todaEspaña 2013. Así comienza la portada, debajo a la izquierda, el dibujo de la rosa de los vientos y de Don Mariano Castillo y Ocsiero y a la derecha el Sumario: Juicio Universal metereológico, calendario con los pronosticos del tiempo, santoral completo, ferias y mercados de España, Refranes, citas. Debajo del sumario el precio y como dos últimas líneas, pedidos a Egartorre y la dirección de Arganda del Rey.

Todos los ejemplares que conservo tienen la misma portada, de color salmón, con la única diferencia del año, el precio y a veces el tono del color, dependiendo de existencias de papel.

Ochenta años después de su fundación, escribió Jose Mª Iribarren, que llegó a ser miembro de la Real Academia Española y de Euskaltzaindia, un artículo sobre el Calendario. Está fechado (cabe decir calendado), en Tudela en Noviembre de 1933. Viene recogido en el libro Navarrerías, Colección Ipar, sexta edición, Edit. Gómez, Pamplona 1976.


EL CALENDARIO ZARAGOZANO.

En estos días de calendarios y de almanaques, propicios al presagio del Año Nuevo; cuando la cristiandad celebra la llegada a Belén de unos Reyes magos, que es tanto como reyes “astrólogos” (mezcla de astrónomos y de adivinos), yo quiero hablar del Calendario Zaragozano, de ese último y curioso avatar de la “Astrología judiciaria”, que sigue encabezando sus presagios con el título pretencioso de Juicio Universal meteorológico para el año 1934.

Al cabo de ochenta años de existencia, el Calendario Zaragozano ha adquirido ese aire tradicional, populachero y entrañable que tienen en nuestro país los churros y los toros, la lotería y el Tenorio.

El secreto de su casticismo estriba, a mi entender, en esa terquedad con que conserva sus pastas color rosa y ese grabado ochocentista de su fundador, el hombre más feo y más malencarado que conozco.

!El Calendario Zaragozano de don Mariano Castillo y Ocsiero! Aún no ha medidado noviembre y ya anda por caminos de barro y de Guardia Civil, en las manos y boca de los ciegos. Junto a la guitarra mugrienta de los romances. Entre las coplas de amor y crimen que se aprenden las “menegildas” cuando van a la compra, para cantarlas a las tardes con música de platos y grifo.

 

Había, hace treinta años, en Pamplona un ciego de estos que, con deje gangoso, pregonaba el genial almanaque de manera humorística:

 

-         ¡El Calendario Zaragozano! ¡Trae fríos, escarchas y nieves en invierno y calores en verano!

 

Por la misma época los ciegos del distrito de Tudela se proveían de “Zaragozanos” en la librería de Subirán. ¡Le armaban cada trapacería!

 

-         Que le pagué por adelantáu, ¿no se acuerda?

 

-         Mientes; que debes los de este año.

 

Alborotaban ellos; acudía la gente a la trifulca, y todos se ponían de parte de los tramposos.

 

Desazonado por el berrinche, el pobre Subirán juraba no fiar más a ciegos.

 

Y don Lorenzo, el cura, le apoyaba con este chiste:

 

-         ¿Para qué? Si aunque les hagas mil favores nunca te han de poder ver.

 

El Calendario tiene su clientela intransferible y peculiar. Entre la masa ingenua que pone fe en sus predicciones. Entre los labradores y hortelanos que esperan a las fases de la luna para efectuar sus siembras y aparejar sus semilleros. Entre los vinateros que están pendientes de la mengua para el trasiego de sus caldos. Y entre esa patulea heterogénea de feriantes, gitanos y maletillas que aprenderán en él las fechas de las ferias y mercados de toda la Península.

 

Si don Mariano Castillo es hoy en su pueblo tan famoso como Agustina de Aragón y más famoso que Mariano de Cavia, es porque tuvo la virtud artesiánica de pinchar una vena nacional, de auxiliar ese afán – tan arraigado entre las gentes- de hablar del tiempo cuando no hay de qué hablar, de predecir el tiempo, de adquirir a los cuarenta años un barómetro, o de administrarse el dolor de callos para, mediante él, barruntar las tronadas y los temporales.

 

Si será popular esto de predecir el tiempo, que yo conozco un viejo de Tudela que asombra a sus cofrades de taberna diciéndoles “que la tierra va dando la vuelta y que ha de llegar día –que él no conocerá porque es muy viejo- en que se han de juntar los dos inviernos”.

 

Yo me he comprado este año el Calendario Zaragozano. Y no precisamente porque el tiempo me preocupe (que ya me llegará edad para esto) ni porque me interese si la luna está “llena en Capricornio”, “creciente en Virgo” o “nueva en Géminis”. Lo he comprado como quien cumple un rito ineludible del invierno, para rendir un homenaje de quince céntimos a ese castizo don Mariano “célebre astrónomo y único observador” –como le dice el calendario- que tuvo la inefable habilidad de hacerse rico anunciando calores en verano, lluvia en Abril, tormentas en Agosto y fríos crudos en invierno. Virtud sólo igualada por aquel adivino de Leiza que cuando los aldeanos, atraídos por su fama profética, iban a preguntarle si llovería pronto, él se asomaba a la ventana de su caserío y, después de mirar con insistencia misteriosa las nubes preñadas y negras, les respondía gravemente: “LLOVERA… PERO ESCAMPARA”.

 

Zaragoza, que impuso a Navarra la jota y ha impuesto al mundo la “Pilarica”, sigue a través de la faz horrenda de don Mariano Castillo, imponiendo el clima a toda la Península. Proveyendo de clima a los pueblos.

 

Y esto del clima, de Zaragoza y de los pueblos me trae a la memoria lo que ocurrió en un municipio aragonés.

 

El Gobernador de cierta provincia baturra, que no hace caso mencionar, remitió a los Ayuntamientos de su mando un padrón de estadística, conteniendo diversas casillas referentes al número de habitantes, producción, estado sanitario, clima, etcétera, que cada pueblo tenía que llenar por separado.

 

Los munícipes de la aldea se reunieron en sesión para cumplir las órdenes del Gobierno. Mal que bien, fueron llenando las casillas primeras. Mas al llegar a la del CLIMA una terrible duda paralizó sus operaciones. Los concejales se miraban unos a otros; acudieron al secretario, consultaron librotes… Nadie sabía lo que CLIMA quería decir. Pero, como el tiempo pasaba y era preciso salir del paso, acordaron llenar la casilla de marras en la forma siguiente:

 

“CLIMA, no existe en este pueblo, pero si es necesario lo pediremos a Zaragoza”.

 

 

Visto 3164 veces Modificado por última vez en Jueves, 21 Febrero 2013 11:38
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