Lunes, 25 Marzo 2013 22:22

CERDOS I

Escrito por
Valora este artículo
(0 votos)

En un artículo anterior hablaba de cómo llamar al cerdo, aunque ese verbo puede significar denominar y citar para que venga. Comencemos por la primera acepción, como es lógico.

En la obra Parentescos del lenguaje de Fernando A. Navarro, Ediciones del Prado, Madrid 2002, se lee el siguiente artículo:

Porqueria y porcelana

Del nombre porcus que los romanos daban al cerdo doméstico, derivan tanto el sustantivo puerco como el adjetivo porcino. A esa misma familia pertenecen los nombres que daban nuestros ancestros en castellano antiguo al lugar donde se criaban los cerdos: porquera (que hoy se ve más en la forma porqueriza) y porcilga (hoy evolucionado a pocilga).

El pueblecito de Atapuerca, en la provincia de Burgos, debió de ser frecuentado antaño, a buen seguro, por algún hato de puercos.

Por increíble que pueda parecer, los zoólogos consideran al cerdo como uno de los animales más limpios que hay. Signo de ello es su afición a construir revolcaderos de lodo, que usan para refrescarse en verano y eliminar los parásitos externos. Unicamente cuando se crían en cautividad, se ven obligados a convertir la pocilga en revolcadero lleno de excrementos y restos podridos de comida, lo cual no sucede jamás en plena naturaleza.

A pesar de lo dicho,  la sabiduría popular, poco dotada para la finura zoológica en las apreciaciones, ha hecho del cerdo el máximo exponente de la suciedad y la marranería por antonomasia. De ahí que llamemos porquerías a cualquier basura, a las cosas muy sucias y a los actos indecentes o indecorosos. De ahí también que el nombre del puerco pasara a utilizarse como insulto para las personas muy sucias, groseras o ruines. Y del mismo modo que algunos términos médicos como “imbécil”, “idiota” o “cretino” se convirtieron rápidamente en el lenguaje coloquial en palabras de mal tono –impronunciables para la gente fina-, también el puerco tuvo necesidad de eufemismos para reemplazarlo en el lenguaje corriente. Lo malo de estos casos es que, como lo sucio e indecente no es la palabra en sí, sino el concepto que designa, poco tardan los nuevos eufemismos en cargarse de las  mismas connotaciones negativas: en el caso que nos ocupa, por ejemplo, tan groseros resultan hoy los antaño eufemísticos “marrano” y “coche” –posteriormente sustituido por el diminutivo “cochino” en un nuevo intento fallido de afán eufemístico- como el “puerco” latino original.

En una nota a pie de página, el autor indica que coche es de la misma familia del cochón francés, el chon cántabro o el gochu asturiano. Habría que añadir y del cocho navarro. Del cuto ya hablaremos, pero de momento sigamos el relato:

Como los pelos duros y gruesos del puerco se llamaban “cerdas”, se recurrió también antiguamente a la expresión eufemística “ganado de cerda” para referirse a los puercos, hasta que por abreviación dio origen después a nuestro actual “cerdo”. Hoy también el cerdo se ha cargado de connotaciones negativas, claro, por lo que nos resulta difícil entender que alguna vez haya podido usarse como eufemismo. Pero, por extraño que nos parezca, así fue hace unos siglos, como podemos comprobar en el capítulo XLV de la segunda parte de El Quijote.

Buen ejemplo de que la palabra “puerco” no tiene en sí nada malo, es que no se ha cargado de connotaciones peyorativas cuando se aplica a otros animales que los hablantes han asemejado al cerdo. Es el caso, sin ir más lejos, del puerco espín europeo, cubierto de espinas y que recuerda al cerdo en su forma de gruñir. Más difícil me parece buscarle similitudes porcinas al cobaya o conejillo de Indias, que, como este último nombre indica, se parece mucho más a un conejito de orejas pequeñas que a un cerdo. Fueron los españoles quienes dieron a conocer este animalito originario de Suramérica en el resto del mundo, pero resulta curioso comprobar cómo en los demás idiomas –incluida la nomenclatura zoológica: Cavia porcellus- tienden a compararlo más al cerdo que al conejo. En catalán observamos ya una forma de transición conill porquí (literalmente, “conejo porcino”), y el símil cerdoso es ya dominante en expresiones como la alemana Meerschweinchen (literalmente, “cerdito de ultramar”), la francesa cochon d´Inde y la portuguesa porquinho-da-India, en estos dos últimos casos con confusión entre la India y las Indias de donde los traían los españoles. Más despistados todavía han estado los anglohablantes, que lo llaman Guinea pig, cuando cobayas nunca hubo ni en Guinea ni en el Africa toda. Falta, en cualquier caso, resolver el misterio de por qué este roedor, que a nosotros nos recuerda a un conejo, recuerda a los demás a un cerdo. Puede ser, digo yo, porque alguien haya comparado su chillido al agudo chillido del cerdo, o bien porque su carne es muy sabrosa (y muy apreciada entre los incas, quienes únicamente habían domesticado dos animales: el cobaya y la llama).

Pero volvamos al puerco y a su nombre latino: porcus para el macho, porca para la hembra. El diminutivo de la forma femenina, porcella (“cerdita, chanchita”), se usó mucho entre los romanos con sentido obsceno, para designar el sexo femenino o coño. Por analogía de aspecto, la vulva femenina se ha comprado también en muchísimos idiomas a una almeja o concha marina: todavía hoy en la Argentina, por ejemplo, la palabra “concha” es tan obscena como “coño” para los españoles. Se explica así que porcella se usara en latín para varios tipos de conchas; un vestigio de esta costumbre se conserva aún en italiano, idioma en el que llaman porcellana al cauri, un molusco de concha lisa, blanca y brillante que se usó antiguamente como moneda en la India y algunos lugares de Africa. Cuando, a finales del siglo XV, llegó a Italia procedente de la China una loza de finura y blancura nunca vistas, muchos la creyeron fabricada con esa concha pulverizada, y la llamaron porcellana. A partir de entonces, el nombre italiano de esta nueva y lujosa loza, porcelana, se difundió con ella por el resto de Europa. Ahora sí sabemos ya por qué cuando la gente fina sirve el té en un elegante juego de porcelana, lo que en realidad sostiene entre las manos son tazas de concha o de coño, y, en último término, una auténtica porquería (entendida ésta en sentido literal para expresar relación etimológica con los puercos).

En cuanto al origen de cerda se puede añadir que proviene del latín vulgar cirra, vellón, mechón de pelos, crin, plural del latín cirrus, rizo, mechón de pelo rizado, cresta, aunque propiamente crin de caballo. De la misma raíz vienen cerro, por referencia a donde se encuentra la crin del caballo y el nombre de cirros, uno de los tipos de nubes con los estratos, cúmulos y nimbos.

En cuanto a marrano, que Fernando A. Navarro nombra pero no explica, aparece en Origen de las palabras, Grupo Cauri, Trébol Comunicación y Creación S.A. Madrid 2000.

Es posible que el término tenga asiento en el árabe mahran, “cosa prohibida”. Sabido es que ni árabes ni judíos, por expresa prohibición de sus religiones, pueden comer carne de cerdo y no es difícil deducir que la palabra pasara a referirse a la prohibición a designar al propio animal. A principios del siglo XIII se comenzó a llamar marranos a los judíos conversos españoles, utilizando el nombre del animal como insulto en una época en la que los judíos no estaban demasiado bien considerados.

En cuanto a cuto, ni siquiera Jose Mª Iribarren en su Vocabulario Navarro, aunque lo nombra varias veces, es capaz de indicar su origen. En Sudamérica equivale a corto y rabón, lo que podría valer para el cerdo. En Francés, couteau, leído cutó, designa al cuchillo, el triste final del animal, pero no viene de ahí.

Una vez más D. Resurrección Mª de Azkue nos da la solución: En su diccionario vasco-español-francés recoge kuto-kuto y kutu-kutu, con te mojada como propia del dialecto roncalés, que significa cerdo. Parece que como en otros casos, una voz para llamar al cerdo, para citarle, sirve para llamarle, denominarlo. Ese será el objetivo del siguiente comentario.

Visto 2852 veces Modificado por última vez en Lunes, 25 Marzo 2013 22:39
Más en esta categoría: « CERDOS II PAPAS »
Inicia sesión para enviar comentarios